jueves, 4 de junio de 2009

Habitaciones con vistas... al mar




Mi casa se llamaba Altair, como la estrella más brillante de la constelación del Águila, estrella náutica que sirve de guía a los marinos.


Mi casa se llamaba Altair. Estaba frente al mar. Tenía orientación Este.


He visto tantas veces amanecer desde sus ventanas, la tenue línea de claridad que se va abriendo paso entre las sombras de la noche, los anaranjados colores del alba. He contemplado tantas veces la quietud del mar, mezcla de azules, a la intensa luz del mediodía (preciosa, hermosa luz de Melilla, mi ciudad de adopción). Y en los plomizos y grises días de Levante (el viento del Este) he observado la furia del mar, levantando olas, arrasando playas. He mirado desde sus ventanas inmensas lunas rojas, elevándose en el horizonte, y brillantes lunas blancas que dibujaban caminos en el mar. Y estrellas, muchas estrellas, en las noches claras.
He escuchado el rumor del mar a través de sus ventanas, el rugido ahogado del “mar de fondo”, el sonido de las olas, las risas de los niños jugando en la arena, el murmullo de conversaciones de los paseantes…
Un 29 de septiembre (día de los arcángeles) pasé mi última noche en ella. Paseé por sus habitaciones vacías, habitaciones ya despojadas de los objetos que elegí con tanto cuidado, sin las pequeñas cosas que hicieron de ella un hogar. Ventanas sin cortinas para contemplar ese mar, sin estorbos, a través de mis lágrimas, agua sobre agua. Anduve por los espacios vacios de mi casa, todos asociados a sentimientos; en una esquina un beso, acá unas risas, más allá una caricia, un llanto, un amor… mi amor. Y silencio, un opresivo silencio.
Aún ahora, después de tanto tiempo, sueño con ella, vuelvo a entrar por su puerta, me asomo a sus ventanales, pero no la reconozco, me sorprenden los cambios que han hecho sus nuevos habitantes, los detalles que la convierten en otro hogar.
Mi nueva casa no tiene nombre; tiene hermosas vistas a la sierra, blanca, nevada; también tiene orientación Este, también veo amanecer. Con pequeñas cosas construyo un nuevo hogar, para mis hijos, para mí. Estamos poblando sus rincones con amor, alegría, besos, risas, caricias, palabras… Hemos desterrado el silencio.
Pero siento a veces una tristeza, una nostalgia del mar, de mi mar.

1 comentario:

  1. Te entiendo, los silencios matan, y tambien entiendo el silencio sin el mar,
    es bonito hacer nuevas casas para la sangre nueva y para ti,
    yo no se si mi casa da al este o al sudeste, solo se que quiero ver el mar cuando abro mi ventana, y solo lo veo desde aqui si subo la escalera.
    Mi hija mayor se llama Althay, casi parecido a Altair ya ves, lo igual se une a lo igual, yo tambien busco una casa con risas y besos, a ver si la encuentro pronto ya,
    besos, mely

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