
Hace unas noches, mientras paseaba, el aire se llenó del aroma de los celindos; de pronto, me hice consciente de su presencia. Paso cerca todos los días, pero esa noche su perfume hizo que volviera sobre mis pasos para contemplarlos.
Ese olor me llevó también muy lejos en el tiempo y me vi en el patio de mi abuela, no haciendo nada en especial, sólo teniéndola y sintiéndola cerca.
La recuerdo sentada en su mecedora, la sala en penumbra, en las tórridas horas de la siesta, leyendo ¡¡¡novelas de Marcial Lafuente Estefania!!! Aprendió a leer siendo ya bastante mayor y esas eran sus lecturas favoritas. Yo solía sentarme (o tumbarme en una manta en el suelo), cerca de ella, leyendo también cualquiera de los libros de mi tío. No hablábamos mucho, pero tampoco hacía mucha falta. En su casa me sentía sosegada y tranquila. Creo que en ningún sitio me he sentido igual.
Los últimos años de su vida nos vimos poco. Vivíamos a cierta distancia y el egoísmo de la juventud nos induce a ciertos estilos de vida que nos alejan a veces de nuestros seres queridos. Nunca encontramos tiempo para visitar a nuestros mayores.
Pienso en ella con frecuencia. Fue y es un referente en mi vida, por su fortaleza y sensatez.
Ella eligió mi nombre.
Como te entiendo...
ResponderEliminarYo adoraba a mi abuela materna, para mi era mi ídolo. Ella me enseñó lo esencial de la vida y me hacia comprender con su sabiduria lo inoportuno de mis errores.
Recuerdo el olor a jazmín de esa moña que prendia en su pelo y tantas cosas...
Si, hay momentos en que la traigo de nuevo a mi lado, sobre todo cuanto me siento algo triste, ella me sigue dando sus fuerzas.
Precioso amiga. Un beso y mil gracias por compartir estas hermosas sensaciones.