lunes, 26 de octubre de 2009

El árbol amarillo






"Iba paseando y vi un árbol amarillo. Me pareció precioso. Como no conocía la ciudad, los días siguientes le preguntaba a mis compañeros que dónde estaba ese árbol. Nadie sabía darme razón de él. Pasó el tiempo y no pude localizarlo… Con el tiempo me di cuenta que aquel árbol lo había visto en otoño, de ahí su color… seguramente volví a pasar otras veces a su lado, pero ya tenía otras formas, otros colores”.

Quien me relata esto es mi hijo, me contaba su primera experiencia otoñal cuando vino a Granada a iniciar sus estudios universitarios.
Hemos vivido muchos años en una ciudad en la que el cambio de estaciones no era apreciable en el paisaje. Limitada en su extensión (12 kilómetros cuadrados), Melilla no tiene apenas campo -una zona de pinos y poco más- y la mayor parte de los árboles que adornan la ciudad son de hoja perenne (ficus y palmeras, principalmente). Esta ciudad tiene otros encantos: bellos amaneceres sobre el mar, un hermoso patrimonio modernista, la ciudad vieja (el pueblo, como se le llama allí), puestas de sol espectaculares, un ritmo de vida pausado… pero no se aprecia el otoño.
De entre todas las estaciones del año, me gusta especialmente el otoño, su colorido… los tonos ocres, marrones, rojos, amarillos… entremezclados con los verdes; contemplarlos me produce un gran sosiego y, visualmente, un gran placer. Me gustan los tibios rayos del sol y la lluvia en los cristales… y las primeras nieves en las cumbres de Sierra Nevada.
Viví una magnifica experiencia en el otoño de 2008; el viento había soplado toda la noche, arrancando las hojas de los Plátanos de Sombra que rodean la Plaza de los Lobos (mi primera residencia en Granada). Salí muy temprano esa mañana a pasear a mi perrito Eric. La plaza estaba cubierta totalmente con las hojas caídas, nadie la había pisado aún, parecía que una alfombra se había extendido sobre ella… Fue precioso.
Dicen que el otoño es melancólico. Puede que por eso me guste.

lunes, 19 de octubre de 2009

Autoengaños




Lo que creyó vida real no era más que un espejismo, una ilusión. Las señales estaban ahí desde el principio, pero no las quiso ver, no quiso darles importancia. La indolencia, la apatía, el hastío, el agobio ante las responsabilidades… Las señales siempre habían estado ahí, pero ella creyó que no traspasarían la burbuja que había creado en torno a ellos. Se creyó protegida, creyó estar por encima del aburrimiento. Creyó que sólo afectarían a las cosas del exterior, las cosas que estaban fuera de su pequeño mundo, que sólo afectarían a los otros… Se equivocó.Él se aburría de las cosas; le aburría su propia vida. La apatía y la desidia eran su compañía. Suplía su falta de entusiasmo con brotes de entusiasmos impulsivos y pasajeros. Las cosas iban y venían, distintas, diferentes, cambiantes. Cambiaban los coches, cambiaban los amigos, cambiaban los ambientes, cambiaban las ideas…
Las señales siempre habían estado ahí, pero ella pensó que los cambios no la alcanzarían. No fue así. Un día la burbuja estalló y al mirar al exterior se dio cuenta de que toda su vida en común (la historia que creía común, compartida) había sido una ilusión de su propia mente, un espejismo. Un día también se cansó de ella. Otras luces más brillantes (¿candilejas?) atrajeron sus entusiasmos… impulsivos… pasajeros… efímeros… destruyendo las dos certezas que siempre había tenido: su amor por ella y su lealtad.


 
Autoengaño. Si utilizamos un término más académico, “sesgo hedonista”. En opinión del psiquiatra Luis Rojas Marcos, el autoengaño es la cualidad más humana de todas las cualidades humanas.
Siguiendo la propia argumentación de Rojas Marcos “el autoengaño es una peculiar estrategia de supervivencia de nuestra especie, verdaderamente única y de inigualable utilidad en tantos momentos de prueba y vulnerabilidad que nos depara la vida. Gracias al autoengaño superamos una realidad devastadora con una ilusión reconfortante, neutralizamos una verdad implacable con una falacia benevolente, justificamos una conducta intolerable con una excusa persuasiva… El autoengaño tiene como misión fundamental preservar nuestra integridad emocional y coherencia social. Se nutre de la fantasía y de la compasión hacia uno mismo, nos ayuda a conservar la autoestima, facilita la conciencia, estimula la creatividad y favorece la adaptación y la supervivencia. También nos sirve de salvavidas a la hora de mantener el sentido de invulnerabilidad ante condiciones internas o externas adversas que nos amenazan o nos traumatizan: la ansiedad ante la muerte, el miedo al fracaso, la desilusión con uno mismo, la subyugación por un agresor o la humillación pública. No hay duda de que ciertas verdades despiadadas o situaciones extremas atentan contra nuestra seguridad psicológica, nuestra imagen pública, nuestra esperanza y nuestro entusiasmo vital. El autoengaño nos permite evadirlas, disfrazarlas, reprimirlas o negarlas”
Mi autoengaño duró demasiados años… Siendo como soy una persona excesivamente autocrítica, he de reconocer que en este caso me dejé adormecer por mis propias falacias.
Hacía tiempo que no le daba vueltas a ciertos episodios de mi vida, pero estos últimos días he estado en contacto con amigos que me han metido de lleno en ciertas sombras del pasado. Seguramente era necesario este ejercicio de aclaraciones… para ellos y para mí.