Casas Renfe, número 47. Ese fue mi primer domicilio, en La Estación, una barriada (pedanía) de Linares. Nací en mi casa, como era frecuente en esa época, al menos en los pueblos, en una familia ferroviaria con una estructura extensa (algo impensable hoy en las ciudades, pero relativamente frecuente entonces en las zonas rurales). En casa convivían mis abuelos paternos, mis tíos solteros (dos chicas y un chico), mis padres, yo… y cuatro años después también mi hermano.
Viví una primera infancia rodeada de cariño y amor. Tengo una posición privilegiada en lo que respecta al orden de nacimiento. Por la rama paterna soy la primera… la primera hija, la primera nieta, la primera sobrina… por parte materna, soy de los más pequeños, lo que tampoco es un mal lugar.
Mis once primeros años de vida los pasé en La Estación. La Estación, sin más apellidos; así la hemos llamado siempre entre nosotros. Cuando hablábamos con algún foráneo pasaba a ser la Estación de Baeza (casi nunca de Linares-Baeza, que es su auténtico nombre).
Vivíamos en las “Casillas de la Renfe”. Las casillas, como su nombre indica, eran unas casas pequeñas con patio y un pequeño terreno, convertido en huerto. En el patio, mi abuela tenía gran cantidad de plantas: celindos, hortensias, rosas, una parra que daba una magnífica sombra… coleos, begonias y aspidistras (“pilistras” así me sonaba a mí ese nombre) en el interior; donde estaba mi abuela siempre había flores; probablemente he heredado de ella mi pasión por las plantas.
Resultan curiosos los topónimos que usábamos en mi infancia, todos ellos de una literalidad pasmosa.
Al otro lado de las vías del tren estaba el barrio de “allí abajo”. Jamás he sabido el nombre. Efectivamente, una vez cruzadas las vías, el barrio estaba situado en una hondonada del terreno.
Íbamos de excursión a la “meseta”, cerca de Zafra. La meseta era un espacio llano, verde, al que íbamos en primavera; casi siempre nos llevaba mi tío Maxi, que cargaba con sus hijos y el resto de los niños de la familia. Zafra era un cortijo, supongo que ese era el nombre de los dueños, tampoco lo sé.
Jugábamos en “el monte”, una pequeña elevación de terreno que iba paralela a las vías, una vez que acababa la calle de las casas de la Renfe; el monte se cortaba por un pequeño arroyuelo. He visto no hace mucho el monte, su altura era de una pequeñez absolutamente ridícula.
A veces, varias familias, todas emparentadas (tíos, primos, padres, abuelos…), nos íbamos a Casa-Blanca, no necesito decir por qué le llamábamos así; comíamos a la sombra de unas higueras, nos bañábamos en el río (el Guadalimar), bajo un puente de hierro por el que pasaba el tren. A veces también íbamos a las ruinas de Cástulo, antigua ciudad ibera, aliada de Cartago en la Segunda Guerra Púnica en la que, según la tradición, una de sus princesas, Imilce, se casó con Anibal; por el camino cogíamos una tierra amarilla para fregar las sartenes y ollas, una especie de detergente de urgencia.
Otro día que bajábamos al río toda la familia era el 10 de agosto, San Lorenzo, el santo de mi abuela. Nos íbamos a los chopos, otra literalidad, y allí pasábamos el día comiendo, bañándonos, divirtiéndonos.
Aunque no era un pueblo agrario, vivíamos con el campo alrededor. Me encantaba comer hinojo fresco, hojas de hierbabuena, habas recién cogidas de la mata, cuando era la temporada y dábamos paseos a la caída de la tarde…
Toda mi infancia (y parte de mi juventud) ha estado presidida por los trenes: el Catalán, el Expreso, el Correo… las máquinas francesas, de lo más modernas, con grandes ventanas redondas o así me lo parecía a mi, los veloces Talgos (Tren Articulado Ligero Goicoechea Oriol, me encantaba decirlo todo seguido), los TER… Mi padre era “factor de circulación”, una profesión misteriosa para mí (lo mismo que la de guardagujas de mi abuelo), pero que me sirvió para aprender un montón de geografía, ya que él se sabía de memoria decenas de trayectos de tren con todas sus paradas, y me iba recitando esas estaciones cuando viajábamos… o simplemente si yo se lo pedía.
En verano nos sentábamos en la valla que separaba las casas de las vías, allí jugábamos, saludábamos a los viajeros que iban asomados a las ventanillas… no había ni un coche. Veíamos la tele, que los vecinos (sólo tenían tele dos o tres) ponían en la puerta… un auténtico cine de verano.
Don Anastasio -pronúnciese donanastasio, todo junto- era el maestro que nos preparaba para el bachillerato, en una especie de escuela unitaria, donde estábamos juntos los alumnos y alumnas de todos los cursos (cuando me trasladé a Jaén, yo sabía un montón de cosas de cursos superiores al mío). Doña Luli, su mujer, nos enseñaba francés -¡oh, la la!-, algo que nos parecía tan sofisticado y tan inservible en aquel pequeñísimo mundo.
Pienso a veces en esa vida sencilla. En ocasiones me llegan a la mente ráfagas de recuerdos. Hace mucho que no voy por La Estación. Desde que murió mi abuela, hace ya casi veinte años, no tengo muchos motivos para volver; no queda casi nadie de mi familia ya allí. Pero estos últimos días he recuperado algunos recuerdos, gracias a las conversaciones (vía internet) con mi prima Marilé, compañera de mi infancia. Por eso he querido rendirle este humilde homenaje con unas cuantas evocaciones deslavazadas.