viernes, 10 de julio de 2009

Iceland


64,96 grados Norte, 19,02 grados Oeste. Miro por la ventanilla. Una punta de lanza de tierra helada, blanca, sobre el mar. Siento paz, siento un gran sosiego, volando entre nubes, atravesando un mar de nubes.
Era el 29 de diciembre de 2007; eran las cuatro de la tarde. Esa fue mi primera visión de la isla helada, Islandia, Iceland, las tierras de hielo, y ese era mi estado de ánimo.
Una propuesta inesperada para pasar el fin de año. Acepté, no tenía nada mejor que hacer. Me resultaba atrayente, algo que nunca había hecho… Y el lugar… bueno… no sabía gran cosa de Islandia… salvo que debía hacer mucho frio. Así que apenas tenía ideas preconcebidas.
Como ocurre con frecuencia, las cosas que menos se preparan terminan resultando las mejores. Y así fue; fue un viaje magnífico… para mi espíritu. Resultaba extraño vivir casi en una noche permanente… comenzaba a clarear a las once de la mañana, a las cuatro y media de la tarde se ponía el sol.
Lluvia… viento… nieve… menos frio del esperado. Apenas entendía las explicaciones de los guías –me manejo con el inglés escrito, pero no con el hablado- pero tampoco me importaba mucho. Me conformaba con contemplar el espectáculo de la naturaleza (los cráteres, los géiser, las cascadas y ríos helados), la ciudad, las costumbres de sus habitantes, la modernidad y el apego a la tradición en una extraña simbiosis, las escasas concesiones al turismo y al negocio que éste supone (apenas pudimos comprar, eran días de fiesta, en Reikiavik todo estaba cerrado, las gentes estaban en sus casas, con sus familias; cenar el día 1 de enero costó un potosí en el único restaurante abierto de la ciudad…).
Yo pasé los cuatro días de estancia en una especie de nirvana, que empezó en el avión que me trasladaba a esas tierras; hacía tiempo que no me sentía tan bien, que no pasaba los días tan plácidamente. Ni angustias, ni miedos, ni llantos… sólo una enorme paz.
Recibí en esas tierras lejanas los mensajes de felicitación por el nuevo año de mis amigos; algunos incrédulos, otros estimulantes… todos afectuosos; mensajes de respuesta al que yo les envié: Desde las tierras de hielo (Iceland), donde la Aurora Boreal acompaña nuestros sueños, donde seguramente residen la Reina de las Nieves y el Viento del Norte, te deseo un muy feliz año 2008.
A pesar de lo que decía el mensaje, no vimos la Aurora Boreal; las condiciones meteorológicas lo impidieron. Pero el día 1 de enero lo pasamos en una laguna de aguas termales, metidos hasta el cuello, nevando sobre nuestras cabezas y por debajo de cero grados en el exterior… Realmente un buen comienzo de año… no se puede pedir más.
Un viaje fantástico, una experiencia inolvidable. Volví a mi día a día con las fuerzas renovadas y con la esperanza de que el año que comenzaba sería también el año de mi renacer… el año en que abandonaría las brumas de mi pasado más reciente… como así ha sido.